ESTACIÓ DE BOIRA; l'aigua


 "¡Agua!" "¡Piscina!" "¡Chinito!"

Sí jugáramos a asociar palabras (dato: ¡nunca he jugado!) y me dijeran la palabra "agua" yo contestaría rápidamente "¡piscina!", y a su vez me vendría la palabra "¡Chinito!". De "Chinito" iría a "Hija", pero detengámonos un momento en el diminutivo citado.

¿Quién es Chinito?. Respuesta: uno de los muñecos favoritos de mi hija y un tanto rebelde y travieso, además de un indolente alumno. Pero tenía la capacidad de ser el alma de la fiesta y siempre nos acompañaba en nuestros viajes. Os recuerdo que mi hija tenía centenares de muñecos, cada uno con su propia biografía y personalidad. Como yo interactuaba con ellos, las demás niñas se acercaban a jugar con nosotros (los niños estaban vetados por "tontos") y Olivia hacía rápidamente amiguitas. En Sant Hilari Sacalm, por ejemplo, teníamos gratis el alojamiento VIP si me ofrecía cada día a pasar dos horas al día (sólo laborables) con la Muchachada jugando con ellos con los muñecos/as de mi hija. Los padres me adoraban.

Evidentemente, había ese selecto grupo al que ella enseñaba lo que aprendía en el cole cada día. Ella ponía los ejercicios, yo los resolvía dependiendo del carácter de cada uno de ellos, y al final ella les ponía notas o regañaba. Era dura, pero con Chinito (nombre que le puse porque era "made in China", no chino de verdad) se reprimía porque le tenía más cariño. Siempre le decía que tenía capacidad para sacar mejores notas con un poco de atención.

Pues bien, sus muñecos/as preferidos también bajaban con nosotros a la piscina, jacuzzi y demás saunas o masajes autorizadas para menores. Jugábamos a enseñarles a nadar, hacer carreras, agarrarse a flotadores... Vamos, que se zambullían mucho. Claro, con el tiempo, tuvimos que operarles la cara por el desgaste del líquido. Así, en Galerías Maldá existía (no sé ahora) una tienda donde restauraban muñecos y vendían ropita para ellos. Y Lala, Po, la misma Cuetas tuvieron que someterse a ingreso hospitalario por lifting. Quedaban después como nuevos. Y, por haber sido valientes, Olivia les compraba ropa nueva. A Chinito le compró un traje azul de chulapo castizo, o eso me parecía a mí.

Y el caso es que nunca, nunca se resquebrajó ni sufrió ninguna herida con tanta agua. Vamos, que un día nos lo olvidamos en la sauna por la mañana y hasta la noche no pudimos recuperarlo. Y él tan tranquilo. Se convirtió en leyenda. El Aquaman de los ninos. He de reconocer que, con el muñeco de Shakespeare que vino de Londres, era con quien más me esforzaba en hacerlo simpático y adorable, a pesar de sus travesuras.

Ahora, con los demás elegidos (los centenares están en mi trastero, bien guardados), sigue esperando a su mami desde su cama pequeñita, en la habitación de Olivia.

Y gracias por haber llegado hasta aquí. Sí jugamos finalmente un día a relacionar palabras como ejercicio Literario porque se le ocurra a Txell, no os asombre que de "agua" emerja "Chinito". Qué rara es la mente.

Juanmi, el que voló por encima del cuco

 

El agua

Recuerdo perfectamente aquella época de mi vida en la que vivía con mi padre y su mujer, en la que tenía doce años, la que fue la mejor etapa que he vivido por el cariño recibido, la calidad de vida y la tranquilidad y paz que sentía.

Vivíamos en una torre en un pueblecito vinícola llamado Alella, torre que le había regalado mi abuelo a mi padre como regalo de bodas. Mi habitación me la compró mi padre y estaba situada en la segunda planta, de tonalidades lilas, muy, muy bonita. Fueron esos tiempos en los que empecé a escribir, concretamente un pequeño libro que lo denominé “Entre el amor y la amistad”, una historia de dos amigos que se enamoran el uno del otro sin poder llegarlo a confesar por la amistad que se tienen.

Teníamos un jardín con flores violetas y amarillas, repleto de ellas, con tinajas y una cabañita de madera que mi padre había hecho construir. Tal jardín particular daba a un jardín comunitario con una piscina enorme en el centro.

La luz del sol de verano se reflejaba tímidamente en el agua trémula de la piscina, un agua de un azul transparente cálido y de fría temperatura. A mí me encantaba bañarme en ella, bajaba por la mañana, por la tarde e incluso por la noche. Siempre había considerado el agua como un elemento vital muy relajante, siempre me había cautivado meterme en ella, siempre poquito a poquito, pues era y soy muy friolera. Y en tal agua cristalina nadaba y nadaba, me sumergía y jugaba con mis amigas de la adolescencia. Mi mejor amiga, Vanesa, que venía cada día a mi piscina a bañarse era con quien más jugaba yo.  A veces se quedaba a dormir en mi casa y bajábamos en la noche a la piscina y poníamos las luces que iluminaban el agua calmada.

Fueron buenos tiempos, y fue, fue una adolescencia muy bonita marcada por recuerdos nostálgicos y por la presencia de mi padre en mi vida, una presencia que ahora añoro y no asimilo haberla perdido.

Mi padre se divorció y perdimos la torre de la que estamos hablando, y yo con ella, perdí un padre, pues un juez dictaminó que mi padre y yo teníamos que abandonar la casa. Con trece años me vi en habitaciones viviendo que pagaba mi padre y todo aquel idílico recuerdo se desvaneció. Ahora aquella piscina y aquella torre existen sí, pero en mi corazón. Me llevo conmigo unos agradables e inolvidables momentos y la imagen de Vanesa y yo en la piscina y, cómo no, aquella sensación de protección y seguridad que sentía viviendo con mi padre.

Los años han pasado, mi padre no nombra ya la torre para nada, pues fue trágica para él su pérdida de la mano de la persona a la que amaba. Todo pasa en la vida, la vida sigue su curso y la vida siguió su curso. En la actualidad yo, su hija, sigo viviendo en habitaciones y mi padre con otra mujer, con la que obviamente no se casó, en Balmes y ninguno de los dos tenemos ya aquella piscina. Su agua permanece y permanecerá simplemente en el recuerdo, un vago recuerdo de antaño, bonito, pero ya lejano.

Carolina Roca

Liquido el líquido

    La anarquía, esa “A” rodeada por un círculo. Es la que me sobraba en este caso, y en realidad también le sobra… el círculo, pero le quería poner un poco de literatura. Me refiero a ese juego en el que nos entreteníamos los de mi generación, que creo ya extinto. Cuando nos encontrábamos los niños (del género masculino) nos hacíamos la pregunta: -¿jugamos al gua? Al menos en mi barrio, así llamábamos al juego de las canicas o bolas, y cuando la metíamos en el agujero, que previamente habíamos hecho en la tierra (porque antes los niños jugábamos en la tierra) en el momento, en el que con pericia, metíamos la bolita en el hoyito, gritábamos… ¡GUA! No sé muy bien por qué, quizá porque así llamábamos a esa hendidura donde cae la bola.

    ¡Y ahora sí! Recuperamos la “A” qué de anarquía tiene, la que yo le doy… que no es poca, tampoco. Aunque no nos engañemos, un poco soft sí que es. Pero yo venía a hablar del agua. Y seguiré con mi niñez y la tierra. Por qué entonces, los niños éramos muy dados a hacer carreteras  y autopistas… y todo lo que lleva a ensuciarte, con el consiguiente, disgusto esa madre abnegada. Pero no nos quedábamos solo con hacer carreteras… también hacíamos estanques, ríos con sus puentes… y para ello claro, necesitábamos cierta cantidad de agua.

Aloisius 15-IV-26


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