Un día contigo
Eran
las ocho de la mañana de una soleada y hermosa mañana de invierno, temprana,
helada, ausente de cualquier bullicio, pues carolina estaba en su dormitorio
despertándose entrecortada llena de pequeños bostezos que hacían entre ver el sueño atrasado. No dormía
bien últimamente pensando en él, el gran
amor de su vida, ya perecedero pues todo había acabado hacía años con una
nostálgica ruptura. Ahora, en la actualidad, una vida de soledad la embargaba
cada día y el espejo de aquellos tiempos felices con él se reflejaba en su alma
de chica enamorada.
El
nombre de tal amor era José, para ser precisos José Luis Pombo, un nombre que
resonaría en el corazón de carolina con una fuerza increíblemente fuerte
durante toda su vida . Ella lo había conocido o encontrado, por así decirlo, en
La Mercè, un centro psiquiátrico de Barcelona concretamente en los jardines de
dicha institución clínica.
Aún
ahora si cerraba los ojos y se concentraba profundamente podía revivirlo todo, aquel gran encuentro
idílico entre dos almas gemelas que es lo que eran ellos dos, dos almas con un
mismo corazón.
Con
medias de rejilla negras, chaqueta morada y botas altas hasta la rodilla carolina entró en el recinto del centro para
enfermos psíquicos aquel 25 de junio, una mañana que recordaría para el resto
de su vida. Y ahí estaba él, José, sentado en una de las sillas del jardín, con
su pelo canoso y su masculina presencia.
En
ese instante se enamoraron, con solo verse, mirarse uno al otro, como si
hubieran llegado a un hogar al que siempre pertenecieron.
Carolina
padecía un trastorno bipolar, José estaba ingresado por tóxicos, dos mundos los
separaban pero aquel día los dioses se pusieron de acuerdo para que se pudieran
conocer. El trastorno bipolar contemplaba una variación en el estado anímico
que oscilaba entre la euforia y la depresión mientras que José tenía una
dependencia a la cocaína.
Carolina
recordaba ese día al despertar tal encuentro, ya que la noche anterior había
soñado con José. Sí, había sido una noche donde el pasado había reinado en sus
sueños y el sabor de su amor se deslizaba por su mente enamorada todavía al
despertar.
Se
vistió lentamente fruto de la pereza y la falta de ánimos. Cogería el metro y
se iría a las ramblas a pasear, en principio este era su plan inmediato, pero
más tarde veremos que se truncaría por un hecho acontecido en el vagón del
transporte mencionado.
Bajó
a la calle con bastante sueño y con la presencia de José en su joven corazón y
se dirigió a la estación de La Sagrera, dirección a plaza Cataluña, decidida,
pero triste.
Pasó
su tarjeta de pensionista por el sensor y entró en el metro, bajó las escaleras
y se quedó de pie en el andén. Vestía un vestido de un gris azulado con una
chaqueta negra larga, zapatos marrones y una diadema en la cabeza de flores de
unos colores alegres, alegría que se contrarrestaba con su bajo estado anímico.
Pasaron
tres minutos, cinco, diez...cuando de repente y por megafonía anunciaron una avería en la línea uno.
Cambio
de planes, iría a ver la sagrada familia una vez más, tomaría un helado de
vainilla y chocolate y se daría una vuelta. Cruzó por la línea roja hasta coger
la azul, de pie, por el andén y bajó las escaleras que daban a la línea cinco.
El andén estaba repleto de gente debido a la interrupción de la línea uno.
Había gente de todo tipo, como de costumbre en el metro, niños, coches de
bebés, ancianos, mujeres, gordas, delgadas y todo el mundo con prisas,
acelerados.
Carolina
seguía triste y la tristeza sucumbía todo su ser, no sabía dónde estaba José,
suponía que ingresado como era de esperar. Tenía que averiguar dónde estaba
ingresado esta vez, fuera como fuera.
De repente, vino el metro acercándose a gran
velocidad, las puertas se abrieron y Carolina entró como pudo, pues la gente se
aglomeraba sin dejar pasar. En seguida halló un asiento y se sentó sin
pensárselo dos veces, pues se sentía agotada. Miró a su alrededor, la sociedad
se había vuelto muy poco humana, eso pensó, pues todo el mundo estaba pendiente
de su teléfono móvil, sin mirarse unos a otros, sin hablar si quiera.
Pasaron
unos minutos y en Camp de L’Arpa, la primera estación después de Sagrera, subió
al vagón un chico de esos que cantan en el metro. “Buenos días caballeros y
señoras y señoritas espero no molestar en su trayecto. Provengo del Perú, no
tengo trabajo porque no tengo los papeles
en regla y quiero pedirles una pequeña colaboración. Me dispongo a
cantarles una canción romántica para esos enamorados y enamoradas.”
No
podía ser…era la canción de José y ella, “I will always love you” de Whitney
Houston. Carolina se removió en el asiento, definitivamente hoy era un día con
José tanto en sueños como ahora en la realidad. La canción empezó, tímida y
suave, lenta, progresiva…como progresivas bajaron las lágrimas por el rostro
lánguido de carolina.
Súbitamente,
sonó el móvil de ella:
-
¿ Quién es?- balbuceó
flojito.
-
Soy yo, el José, amore.
Con
tal solo oír su dulce voz a la vez masculina y decidida, Carolina se
levantó corriendo de su asiento. Le
temblaban las manos, el sudor bajaba por su cara de niña buena y no podía
articular palabra alguna.
-
¿Dónde estás José?
-
Estoy en San Pablo
ingresado, venme a ver que tengo una hora de permiso con acompañante.
-
Voy….
José
colgó el teléfono, así , sin más.
Carolina
estaba nerviosa, aturdida por la llamada y la brevedad de ésta. ¿Cómo estaría
José? ¿Haría bien en irlo a verlo?
La
canción del chico peruano llegaba a su fin. Carolina, ansiosa, miró a ver en qué parada se encontraba, ya
casi en Sagrada Familia. Tenía que bajar y cambiar de dirección `para ir a San
Pau, también en la línea cinco, la azul, así que se bajó y cambio de sentido.
Pero…¿
Quién era José Luís? Su querido amor era
un hombre de 52 años con múltiples ingresos en psiquiatría por consumo de
tóxicos, un tipo conflictivo y reincidente. Carolina lo amaba con todas sus
fuerzas desde que lo vió en aquel ingreso en el que coincidieron y, a pesar de
que llevaba años sin saber de él, la llamada le había llegado
al corazón. Por fin volvería a verlo, no se lo creía, todo había sucedido muy
rápido, en cuestión de unos minutos José había regresado a su vida.
Ya
en el vagón dirección a San Pau, de pie, pues estaba todo lleno, Carolina se
dirigía al hospital. Llegó en cuestión de unos pocos minutos, salió del metro y
caminó por la calle, a paso rápido, nerviosa, ansiosa por ver de nuevo a su
amado José, preguntándose cómo estaría él y cómo reaccionaría ella. Suponía que
José no llevaría dinero y que le tocaría a ella invitar como siempre lo había
hecho en los 9 años de relación, esto aunque la disgustaba ya lo tenía bien
asumido, sabía que José siempre que tenía dinero se lo gastaba en tóxicos. No
elegimos de quienes nos enamoramos, eso bien lo sabía Carolina, lo había
experimentado en sus propias carnes y aunque hubiera preferido estar enamorada
de un chico normal, sano, este era su destino y su destino la llevaba ahora
nuevamente a él.
Nadie
entendería jamás este amor, tampoco se puede relatar con palabras lo que sentía
Carolina, lo que sintió ese día cuando recibió la llamada de José ni la
sensación que notó cuando oyó su voz nuevamente. No relataremos cómo fue el
encuentro ni los besos ardientes que se dieron sólo con verse, como tampoco las
cálidas caricias que se prodigaron. Diremos que Carolina renació al verlo, que
fue un encuentro extraordinariamente feliz para ella y que fue un día …un día con él.
Carolina
Roca
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