LA (PEQUEÑA Y YA NADA INCREÍBLE) NUEVA VERSIÓN DE UNA OBRA MAESTRA DE HACE
CASI 70 AÑOS. UNA CONTRACCIÓN DEL CUERPO Y, POR DESGRACIA, TAMBIÉN DEL CINE.
(Sitges'25, Un remake en miniatura que ni actualiza ni es necesario)
"EL HOMBRE MENGUANTE" (de Jan Kounen, Francia, 2025) ⭐
Ubicada dentro de la sección "Sitges Collection", ésta
película es una adaptación del libro "El INCREÍBLE hombre
menguante", escrito por Richard Matheson, novelista y guionista de
culto, especializado en fantasía y ciencia ficción y que ya fue llevada al cine
en una obra maestra sin lugar a dudas del mismo título y realizada por Jack
Arnold en ¡1957! (con la ayuda al guión del propio autor). Ésa pequeña
adaptación de serie B recogía el espíritu existencialista de la novela (¿Qué
nos hace humanos?) y ya era efectiva, ingeniosa y es-pec-ta-cu-lar en sus
poéticos efectos especiales al estilo de Méliès, para su época. Además de
ecológica, pacifista y humanista, se ha convertido en un clásico con
mayúsculas, capaz de asombrar todavía a niños y adultos.. Después de tantos
años, era lógico contemplar una nueva adaptación para las nuevas generaciones,
que debemos al empeño del famoso actor Jean Dujardin ("The Artist").
Posteriormente, el productor Alain Goldman propuso el proyecto al director Jan
Kounen. La obra y los temas que trata son totalmente atemporales y vigentes aún
en día. Es más, a pesar de mi temor a que no estuviera a la altura del film de
Arnold (quien llegó a visitar el Festival de Sitges hace muchos años), cosa que
daba, sí, es un prejuicio, por sentada, también albergaba un sentimiento de
admiración y valentía a quienes se disponían al desafío de actualizar un mito.
En ésta era de remakes (si no contamos la saga de "empequeñecer a los
niños", comedias protagonizadas por Rick Moranis) era extraño no tuvieran
en cuenta a esa originalísima y trascendente -podemos asegurar que combina la
sci-fi, la aventura y la filosofía de alto alcance- obra de culto.
Una pista de lo que venía ya la daba la supresión de la palabra "increíble"
en su propio título. Pero nunca imaginé fuera una obra tan vacía, prescindible,
inocua, con un ritmo tan irregular y sin ningún atisbo de la angustia que
generaba la original.
Pronto queda claro qué le interesaba a Jan Kounen de la novela (afirma el equipo no basarse en el film de Arnold) de Matheson. Kounen es un director y guionista de carrera irregular que debutó en 1997 con la salvaje y sangrienta película al estilo Tarantiniano "Dobermann", para luego realizar la muy lisérgica "Blueberry: La experiencia secreta" en 2004 y posteriormente nunca consolidar del todo su carrera y prometedor debut. Desde los primeros minutos de la película nuestro protagonista, Paul, interpretado con convicción y ésa voz tan extraordinaria por Jean Dujardin, evoca, con planos de la Tierra y las nubes para ilustrar el vértigo de sentirse tan pequeño ante la inmensidad del universo. La toma principal es magnífica: Desde lo alto, vemos a un nadador en el mar: una diminuta mancha perdida en la inmensidad azul. Ese solitario personaje, en ese momento, aún conserva su tamaño normal. Pero esto no durará: el cuerpo se encogerá y el universo crecerá. El director nunca ha ocultado su atracción por las experiencias místicas (véase el túnel de imágenes psicodélicas en Blueberry), y se puede afirmar que el libro de Matheson contiene muchas escenas predispuestas a este tipo de meditación. Sin embargo, si bien la película comienza con la cabeza en las nubes, primero debe centrarse en una rareza inusual.
EL TAMAÑO IMPORTA
Paul es un empresario de la construcción naval que lleva una vida idílica
con su esposa e hija (añadida en ésta versión) en la costa francesa. Durante
sus sesiones de natación en el mar, observa ocasionalmente fenómenos
meteorológicos extraños, pero no les da importancia. Un día, durante su rutina
matutina, se da cuenta de que muchas de sus camisas ya no le quedan bien: el
cuello le queda demasiado largo y las mangas, demasiado largas. Al principio
ignora el fenómeno, pero cuando se hace evidente que cada vez se encoge más,
emprende una odisea por diversos centros de salud. Sin embargo, los médicos no
logran encontrar la causa de su sufrimiento y todos los exámenes físicos no
aportan resultados ni soluciones satisfactorios. Pronto será tan pequeño que
tendrá que mudarse a la casa de muñecas de su hija y el gato doméstico se
convertirá en una amenaza para él. La antigua ¿idílica? vida familiar se
transforma cada vez más en una pesadilla… Cuando accidentalmente se encuentra
atrapado en su propio sótano (después de que todos crean se lo ha comido su
propio gato: aviso para los amantes de éstas mascotas, no encojan) ahora con
sólo unos centímetros de altura, debe luchar por sobrevivir en este entorno
ordinario que se ha vuelto peligroso. Durante esta experiencia, Paul se
enfrentará a sí mismo, a su humanidad, e intentará responder a las grandes
preguntas de la existencia... Ah, no, perdonen, aquí no encontrarán eso. La
película adopta en todo momento el punto de vista de Paul (y su voz en off
narrando el proceso): la cámara se "encoge" con él y los entornos se
expanden.
Inicialmente, Kounen concibe la película mucho más que Arnold como un drama
doméstico sobre la claustrofobia, que parece casi completamente aislado del
mundo exterior. El circo mediático de la película original está totalmente
ausente; los médicos y la familia reaccionan con indiferencia ante la situación
de Paul, en el mejor de los casos, y el aspecto socioeconómico queda relegado a
un segundo plano. A diferencia de la original, no se ofrecen explicaciones para
la situación de Paul; los fenómenos meteorológicos mencionados al principio se
quedan en una mera nota a pie de página. Ni hacen alusión al cambio climático,
como yo creía. Qué quieren que les diga, me quedo entonces con la
"explicación" del film en plena guerra fría: una nube radiactiva le
recubre el cuerpo mientras toma el sol en la cubierta de su yate.
La película ofrece algunas novedades, pero no las desarrolla. El hecho de
que el protagonista sea un hombre de mediana edad que se vuelve insignificante
ante su esposa e hija podría interpretarse como una reflexión sobre la crisis
de la masculinidad. Sin embargo, resulta difícil concretar ésta nueva
interpretación que prometía. La extrañeza del fenómeno se abre también a una
metáfora de la enfermedad (¡No estoy enfermo!, repite Paul, sin
lograr convencer a su esposa), pero sólo son apuntes sin desarrollo. Si bien
cada secuencia del primer bloque narrativo explora el concepto de la felicidad
"perfecta", en realidad no hay mucho que contar, ya que dicha
felicidad se reduce a estar juntos en familia para cenar y no pensar demasiado
en las pequeñas preocupaciones del trabajo (tampoco ahonda es esa indiferencia
inicial y posterior, asociándolas). De ésta primera parte bastante poco
convincente, algunas escenas logran destacar, y su éxito recae principalmente
sobre los hombros de Jean Dujardin: Una de ellas muestra a Paul, lo
suficientemente pequeño como para caminar por una casa en miniatura, bailando
con el osito de peluche de su hija para entretenerla, sólo que su única
espectadora aquí es una niña gigante que, a la tierna edad de siete u ocho
años, ríe con cierta tristeza ante el espectáculo.
Sin embargo, es en la segunda mitad de la película, cuando Paul se enfrenta
a las criaturas del sótano donde está prisionero, que los cambios de escala se
multiplican y parece algo nuevo por fin se nos va a ofrecer. El foco ya no está
en observar la marginación de Paul dentro de su propio hogar; ahora nuestro
protagonista comienza una lucha por la supervivencia en un mundo que le es
totalmente ajeno. La película recrea los duelos contra la araña, inmortalizados
por la primera adaptación de la novela, pero con un tono claramente distinto a
la escala épica de la versión de 1957. La cuestión aquí no es quién será el
cazador y quién la presa. La victoria de Paul sobre la araña se trata
simplemente de escapar de ella, nunca de cuestionar su lugar en la cadena alimenticia.
A través de las pruebas que soporta, Paul se enfrenta así a la realidad de su
nueva condición: una araña que se convierte, de la noche a la mañana, en una
aterradora máquina de matar. Pero también descubre nuevas fuentes de asombro,
como la hermosa ondulación de la cola de un pez dorado de proporciones
titánicas (en un acuario, aporte agradable del film). En la obra de Kounen, la
reducción física sirve menos para revelar el ingenio del personaje (como en la
de Arnold) que para ofrecer una nueva perspectiva de altura con otras especies.
Mientras que la novela concluía con una sensación de euforia (la del explorador
a punto de descubrir nuevos mundos, el negarse a rendirse, aunque llegue a ser
un simple átomo, la supervivencia como fin), Paul aquí finaliza su aventura sin
frenesí, contemplando una majestuosa criatura voladora, antes de concluir, por
supuesto con una voz en off muchísimo más redundante y sobreexplicada que el
original film -como suele pasar ahora por el déficit de atención o ignorar la
inteligencia del espectador- y con una lección bastante convencional sobre la
aceptación de su condición. Este final revela el principal escollo de la
película de Kounen: la dispersión de su ambición, que oscila entre el drama
humano tomado (demasiado banalmente) en serio, el deseo de experimentar basado
en los acontecimientos puramente aventureros de la película de Arnold y un
esbozo, muy esbozado, de reflexión sobre el significado de existir. El
resultado, lógicamente, adopta la forma de una síntesis algo débil y efímera.
El papel de la susodicha araña lleva aquí al film a la comedia más involuntaria, porque a pesar de que la historia sea fantástica no puede permitirse caer en el ridículo. SPOILER QUE COMPRENDERÁN CUENTE - A diferencia de la novela y pervirtiendo toda ella, Paul busca suicidarse (en la novela todo es más sutil y ambiguo: recuerden, habla de la supervivencia a toda costa) y queda a merced del arácnido, quien le reconoce (¡y escuchamos de nuevo, como si el monstruo recordase a la vez voz, palabras y cara el diálogo inicial donde le perdonan la vida!) porque Paul le salvó la vida, cuando aún conservaba su tamaño original y le dice a su hija, en el sótano, que no mate a la araña, que no le ha hecho nada. Así pues, ésta le devuelve el favor, le perdona también la vida, no se lo zampa, y se va a otra cosa mariposa, aunque haya invadido su territorio. En fin, comprenderán que éste sin sentido lo explique como símbolo de lo que no funciona en esta versión. Y FIN DEL SPOILER QUE RESUME LA INUTILIDAD DEL FILM.
EL GRAN VACÍO
Así, todas las muy interesantes posibilidades de volver a recrear la
historia original hoy en día quedan en nada. Kounen prefiere el énfasis
subrayadísimo de la voz en off, unos buenos efectos especiales (aunque el mejor
es Dujardin) y una banda sonora intrusiva del gran Alexandre Desplat que,
pobre, debió componerla deprimido cuando vio acabado el film: Una oportunidad
perdida y una película terriblemente convencional y aburrida.
El papel de la fantasía sexual vinculada a la reducción de tamaño del hombre
obviamente no fue abordado explícitamente por Matheson , aunque los
lectores más imaginativos pudieran intuirlo (Almodóvar ya sería el gran
adaptador moderno de la historia y esos extremos en la "película dentro de
la película" de "Hable con ella", ¡con un personaje
en miniatura refugiándose dentro de la vagina de una mujer!). Al ver la
adaptación de Kounen , lo que más llama la atención es la oportunidad
perdida de abordar de forma más directa el desafío que plantea este giro de la
masculinidad. Desde una perspectiva tanto política como sexual, era una mina de
oro por explorar. En cambio, se opta por reducir los problemas de Paul a su
pérdida de "poder económico" (ya no puede mantener a su familia) y su
incapacidad para desempeñar el papel de padre (de ahí la inclusión del
personaje de su hija). Uno, decepcionado, también echa de menos un mayor
protagonismo de la esposa, en la salud y en la enfermedad, como dicen en el
film original de Arnold, interpretada aquí por Marie-Josée Croze (y ya ni hablo
de la metáfora visual del anillo de bodas, aquí estropeada). Una película
mediocre sobre un pequeño héroe y que jamás termina de estar a la altura de sus
ambiciones.
La película de Arnold fue una verdadera y extraordinaria anomalía;
la de Kounen solo se relaciona con la imaginación bastante limitada
del cine fantástico comercial de éstos tiempos (y sé estamos viviendo una época
de oro del género, me refiero a los films que no arriesgan). Otro acierto
de Arnold fue el final de la película, su famosa meditación final ("lo
infinitamente pequeño y lo infinitamente grande se encuentran... Yo sigo")
que sustituyó audazmente al final feliz que, por supuesto, los productores habrían
preferido. Vamos, que era audaz cuando aquí la falta de imaginación es
lamentable. Arnold enalteció a Matheson, Kounen lo
empobrece.
Ésta es, pues, una película redundante e insustancial, con ese vacío abismal y banal de sus largas escenas de la vida cotidiana en la más tediosa primera parte. Porque, al final, esta es una película que se encoge, sí: en ambición, en ideas, en cine. Jan Kounen intenta ajustarse a un traje que le queda grande, al igual que a su protagonista.
EL VIAJE INTERIOR
Ojo: formalmente, la película ofrece algunas cualidades. La cámara
panorámica de Christophe Nuyens captura de forma atractiva las habitaciones
inundadas de luz y las tomas exteriores en el primer tercio de la película, y
maneja con maestría el cambio a las habitaciones oscuras en el último tercio.
Se mantiene cerca del protagonista, pero a la vez es ágil, y destaca por sus
variadas perspectivas. Ésto se expresa en escenas de acción rápidas pero
siempre nítidas. Además, la dirección de Kounen captura eficazmente
la sensación de opresión de Paul con vertiginosos planos contrapicados y largos
y fluidos planos secuencia que ilustran la nueva percepción del mundo de Paul.
En cambio, en las primeras escenas, aparece frecuentemente atrapado en planos
generales, un signo de su desaparición gradual ante la inmensidad del mundo y
el cosmos.
Y, por seguir alabando algunos aspectos, el interesante diseño de sonido
también contribuye a esta sensación de vértigo, adoptando a veces la
perspectiva sensorial del personaje, con grandes silencios y abrumadores
golpes. Y hay que reconocer que el uso del control de movimiento -una
cámara virtual diseñada para acentuar los efectos de los cambios de escala- es
impresionante: se filmó a Dujardin y el decorado por separado antes de
combinarlos. El resultado es notable -se aprecia claramente cómo el actor se separa
del fondo con regularidad y con nitidez-, aunque no logra igualar la
efectividad de una simple toma en contrapicado desde la perspectiva de Paul. A
pesar de esto, algunas secuencias consiguen asombrarnos: en un acuario, bajo
las estrellas… Estos momentos suspendidos sí que transmiten la dimensión
espiritual de la historia. El director, acostumbrados a su estilo psicodélico,
opta aquí por la sobriedad: Sin trance, sin frenesí visual, sólo la banalidad
transformada en algo extraordinario. Un sótano, un ratón, una gota de agua que
se convierte en océano. Es en estos momentos cuando la película roza la gracia,
cuando el miedo se vuelve minúsculo, casi tierno. La fotografía, gris y húmeda,
captura el polvo como una metáfora del mundo moderno: todo se encoge, incluso
la fe en el progreso.
Una vez resaltado lo positivo, queda la pregunta: entiendo por qué rehacer
ahora este clásico de la ciencia ficción, asumámoslo. Pero éste intento no
aporta nada nuevo, lo empobrece. Más triste es que la alegoría resulta
insípida. Buscamos emoción, pero solo encontramos artificios. La supervivencia
se convierte en mera repetición. El elemento fantástico se desvanece. Ya no nos
estremecemos: simplemente observamos. Dujardin hace lo que puede, pero el guión
didáctico jamás se atreve a adentrarse en lo sobrecogedor y poético. Sí yo
esperaba retratase con más énfasis la crisis de la humanidad occidental, su
decadencia, su vergüenza ecológica, pues quédense con la adaptación del 57,
donde nada está explicado en exceso. Kounen, sí, filma a las hormigas como monstruos
y a los humanos como insectos, sin tomar partido realmente. Falta la inquietud,
la poesía de la decadencia. Al final, cuando Paul no es más que un punto en la
luz, uno quisiera sentir la admiración de lo infinitamente pequeño como cuando
leí por primera vez la excepcional novela. Ahora, uno sólo siente una bombilla
que se funde lentamente.
La película se estrenó en cines sin apenas repercusión a principios de
éste año. Ahora está disponible en plataformas digitales como Amazon Video
o Prime Video.
CURIOSIDAD: Jean Dujardin ya medía 1,36 m en la comedia "Un hombre de altura" (Laurent Tirard, 2017), antes de verse reducido a lo infinitesimalmente pequeño. Dejo cartel del film como si fuera parte de una profecía.
2) Trailer oficial: https://youtu.be/wsGd-nDCE-s?is=PrJwlGJIF0ZS7cVH
3) Foto a continuación de la rueda de prensa






Es como la peli d Drácula q comentaste la semana pasada, q no aporta nada nuevo. Que resta, vamos.Al final la araña es tan humana y le perdona la vida? Las maquinas y animales son más humanos q los propios humanos. Siempre las buenas pelis d ciencia ficción son críticas al hombre y a la propia sociedad.
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